Un lugar cálido, pequeño, acogedor y sin estereotipos, pero cargado de amor
En medio de procesiones y fuegos artificiales, la fe y la esperanza salen a las calles del barrio El Topo, uniendo a toda la ciudad en un mismo ritmo.
Comenzó como un refugio pequeño, cálido y lleno de amor; hoy es un santuario que cada junio abre sus puertas.
Por: Luna Valentina García
Sin escuchar ruidos de mercados, murmullos en la calle o el afán de aquellos que pasan día a día frente a ella. Está ahí, quieta, en silencio, como si supiera que pronto entrarán quienes acuden buscando algo más que un templo: tal vez respuestas, apoyo… o un milagro.
En el siglo XVII, cuando Tunja aún se vestía de épocas coloniales, rezos largos y caminos de piedra, un grupo de religiosas levantó un espacio alejado del ruido exterior; sin buscar ser mejores u obtener algún reconocimiento, buscaban un lugar en donde la oración no fuera tocada por interrupciones y el tiempo se sintiera más lento.
Así nació el lugar que hoy conocemos como: Santuario del Topo y Monasterio de Concepcionistas.

Una mirada al pasado - Foto extraída de: Virgen del Milagro
No fue un arquitecto famoso ni obra de una sola mano. Fue el resultado de la vida religiosa de las monjas concepcionistas, quienes construyeron el templo como parte de su convento. Un lugar cálido, pequeño, acogedor y sin estereotipos, pero cargado de amor.
Pero una madrugada todo cambió.
El 24 de agosto de 1628, mientras una lluvia envolvía el antiguo convento de las concepcionistas, dos monjas notaron algo extraño: un resplandor. No bajaba del cielo ni de la llama de una vela. Venía de un lienzo húmedo. Y en el agua se reflejaba una imagen: la Virgen.
No era una pintura cualquiera; en un lienzo en blanco y húmedo era una revelación, como si siempre hubiera estado allí esperando ser vista. Desde entonces, el templo dejó de ser el mismo. Lo que en un principio fue construido para pocas personas comenzó a recibir a muchas.
Nació como convento y luego se transformó en santuario. Era un espacio sencillo, pero terminó convirtiéndose en uno de los lugares más significativos para los creyentes en Tunja. Con los años, la devoción empezó a crecer y así encontró nuevas formas de expresarse. Ya no bastaba con llegar al templo. La fe empezó a moverse, a salir, a recorrer la ciudad y llegar a esos rincones donde aún no llegaba la esperanza.
Así nacieron las fiestas.

Mural conmemorativo de Santa Beatriz de Silva, fundadora de la Orden de la Inmaculada Concepción
Cada año, en junio, Tunja —en especial el barrio El Topo— cambia de ritmo. Miles de personas avanzan juntas, acompañando la imagen de la Virgen en procesión, como si caminar también fuera una forma de rezar y encontrar su fe.
En la noche, el cielo de Tunja se ilumina con los fuegos artificiales lanzados desde el templo. Las luces estallan para caer como destellos sobre la multitud que observa en pausa frente al monasterio. Dan el cierre de una jornada cargada de fe. Mientras la última chispa desaparece, queda una sensación compartida: la ciudad entera respiró al mismo ritmo y, por un momento, el cielo también hizo parte del milagro.