La Tijera y el Huso ya tienen Experiencia

Fecha de Publicación:
Enero 30 de 2018
Categorías:
Comunicación Social
Etiquetas:
Perfiles
La Tijera y el Huso ya tienen Experiencia

Con la realización de esta crónica, quisimos rescatar una parte de la cultura paipana que aún se conserva en varias veredas y es una tradición que ha pasado de generación en generación: el arte de hilar la lana.

“La gente mucha de las veces no valora este trabajo, ellos creen que comprar una libra de lana y hacer una ruana eso es así de fácil. Claro que se puede hacer así, si uno la entrega brusca, burda, pesada y oliendo a pura oveja, a algunas personas les gusta porque quieren oler el aroma a oveja, pero hay mucha gente a la que no le agrada, y ahí sí, el cliente decide”. Blanca Cecilia Camargo es una mujer de baja estatura y cabello muy corto que desde hace algunos años se dedica a crear la prenda insignia del campesino boyacense.

Hilar la lana de oveja es una costumbre preservada gracias a la tradición oral en el municipio de Paipa, un lugar de clima cálido, ubicado a 45  km de la capital boyacense. La tradición de la lana es una práctica que ha perdurado por más de cinco generaciones hasta el día de hoy, gran parte de las mujeres que realizan esta actividad continúan con estas labores a mano como es el caso de la señora Isilda García, habitante del municipio de Paipa, quien es técnica del SENA en la elaboración de telares, además de atender su autoservicio ubicado en el primer piso de su vivienda. Ella aún conserva la tradición familiar del manejo y transformación de la lana.

“Esto mis bisabuelos, mis abuelos lo hacían, es tradición de familia. Todos ellos trabajaban la lana, todos tenían ovejas. Nosotras de puras niñas, teníamos que aprender a hacer esto. Mis abuelos hacían ellos mismos las ruanas y todo eso para vender o para ellos mismos, eso era negocio de toda una familia” comenta Isilda García, mientras hila la lana obtenida de un chivo que esquiló meses antes.

La elaboración de esta artesanía lleva un proceso arduo en el que se ha de esperar un largo tiempo para comenzar con todas las demás labores, un año es el tiempo que se aguarda para que la lana crezca y madure para luego esquilarla.

“Para esquilar la lana eso se necesita una persona que tenga práctica, porque cuando no hay la práctica, uno demora mucho a la ovejita amarrada y sufre; o les muerde mucho la piel.” Cuenta Priscila Patarroyo habitante de la vereda Caños.

Según Isilda García: “Después de que la lana se esquila, se dejan dos meses y sin lavar, porque el mito es que las ovejas se enferman porque quedan empeloticas. Entonces toca esperar dos meses y se lava la lana, sea aquí o donde sea, ese es el tiempo. Después de que ya está lavada, entonces viene a escarminarla, labor que se hace antes de comenzar a hilar”.

“Cuando se esquila una oveja, no se puede dejar que se moje, digamos que, cayó una rusiada, una llovizna, un aguacerito, toca arrimar a la oveja donde no se moje porque si no se enferma. Y la lana toca dejarla reposar por lo mismo, porque si la lava uno muy fresca, entonces a la oveja después se le empieza a caer de raíz la lana. Una vez que mi papá esquiló una ovejita y de pronto no tuvimos tiempo de arrimarla o no nos dimos cuenta o algo sucedió, la oveja se rusió esa tarde, y al otro día ya amaneció sin poderse parar. Pierden fuerza de la parte trasera y empiezan a temblar y de ello ya no se paran, ellas quedan así y toca sacrificarlas o algo porque queda así”, relata Priscila Patarroyo.

Entre tanto, Isilda García narra entre carcajadas una de sus experiencias que por años la hizo alejarse de los ovinos y de toda clase de actividades con estos. “A mí no me gustaban las ovejas, yo hasta hace un año que tengo ovejas. Yo las detestaba porque cuando era pequeña, me mandaron a que ayudara a entrarlas y un chivo me pegó y me mandó lejísimos, me dio un tope en la cabeza y me mandó como unos tres metros lejos y de eso yo quedé como boba, no me podía mover ni parar, eso yo veía solo mariposas y estrellitas, una tía y mi abuela me llevaron agüita porque era pequeña. Yo tenía como unos cinco años, dije que jamás me gustarían las ovejas, jamás. A mi hijo pequeño también, él fue a tocar una ovejita pequeñita y también le dieron un tope por el estómago y por eso tampoco le gustan las ovejas, hay que tener cuidado porque hay chivos muy bravos”.

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Marcela Avendaño, una joven mujer oriunda de la vereda Caños, afirma que desde pequeña le ha apasionado trabajar con la lana de oveja “la lana recién esquilada tiene un olor característico como a grasa, es un olor a oveja, a chivo; ya para hilar no pierde del todo el olor, pero aquí se hace todo un proceso: se blanquea, se lava con agua tibia y con jabón especial, pero no con detergente porque se vuelve dura y es más complicado para hilar, y se procura  que quede lo menos olorosa posible”  y como cuenta su tía la señora Blanca Camargo “recién se esquila la oveja, la textura de la lana es grasosa, harto grasosa”. Aún después de la primera lavada la lana mantiene su estado aceitoso, e incluso el huso se impregna de esta grasa generando una sensación pegajosa en las manos de quien la toca.

Al hilar se siente la grasa con la que aún cuenta la lana, dejando los dedos pegajosos, esto causa algo de nostalgia ya que remite a algún recuerdo perdido de la niñez, en el que con mucho temor se acariciaba el lomo de una oveja, es una sensación parecida claro está, ya sin el miedo y sin el animal.

“Cuando uno iba a ver los ovinos muchas veces estaba el macho y si estaba alguna oveja en celo pues el macho defendía y lo agredía a uno y sí, una vez me cogió uno a topes, y el tope es muy peligroso, pero me salvé; eso fue como a los seis años”. Entre risas Víctor Camargo, trae remembranzas de la juventud pasada, que se devela en sus manos callosas y abultadas, lo que supone el duro trabajo en el campo, las mismas manos con las que ahora empuña las tijeras que por momentos se traban haciendo perder el ritmo al esquilar.

 “Ya después de que se haya arreglado toda la lana, entonces viene el proceso de hacer los parejitos, estirarla, tratando de que quede todo unido. Después de eso queda la cuerdita y esa llega y se dobla. Se coloca en la mano izquierda para mayor facilidad. Luego se comienza a hilar y se va arreglando, tratando de que quede parejita. Esto hace la diferencia con la lana industrial, porque esa no tiene ningún turupe, pero la natural sí, eso hace que uno conozca la lana que es pura, porque la industrial viene bien hilada y liza. Luego de esto, se tuerce la lana, la vuelve más gruesa, se cogen dos hebras de esta y se vuelve a torcer y eso pasa a los telares”, Isilda García, da estos detalles mientras hila y momentáneamente va atendiendo en su negocio a los clientes que con frecuencia llegan, el hilado lo hace con tanta práctica de no necesita concentrar su mirada en el uso.                        

El poder llegar a identificar la lana natural de la artificial permitirá tener un producto de este material de la más alta calidad, pero este no es un proceso fácil, como lo cuenta Marcela Avendaño, “el que tiene experiencia sabe, por lo general, se le quita una hebra al producto ya terminado y se quema, eso huele a chivo, la lana sintética huele diferente, esa es la prueba; el que tiene la experiencia sabe. Como comprador es muy difícil, por ejemplo en Nobsa, la mayoría de productos no son ni siquiera mitad lana y lo otro son productos sintéticos”.

Carlina Mayorga, desde hace años vende sus productos de lana “Las experiencias de las personas son las que valen en estos momentos, yo he tenido experiencia, tengo 67 años, hace más o menos unos 45 años que estoy vinculada con lo de los tejidos de lana, yo la compro hilada a las hilanderas de Paipa, todos mis productos son manualidades”.

“Trabajando en el telar siempre se me enredaba la lana, eso siempre pasa y es que eso aquí lleva un proceso. Cuando se sube la lana en el telar, se meta la cabuya para que eso se cruce, pero hay personas que no la usan, digamos que ya son expertos. Siempre se enreda y cuando no se puede más, toca cortarla y volverla a emparejar. Con una que se enhebre mal ya me queda todo mal y me demoro enhebrando por ahí una hora.” Blas Plazas, un hombre joven de contextura gruesa y cuya habilidad hace parecer que fuera muy sencillo, pedalear y cruzar las hebras que pronto serán una ruana; labor que genera el crujir de las vigas de madera y partes de metal que conforman su telar.

“A la ruana negra no se le aplica color, esa queda con el color natural de la oveja, a la gris tampoco se le hace tinturado; a la que se le hace tinturado es a la blanca, de resto, la negra y la gris no se les hace, solamente el lavado y la hilada y todo eso, pero tinturado no” asegura Blanca Camargo.

“Se hacen faldas, vestidos para las sardinas, saquitos, bufandas, chalecos y ruanas. La lana de oveja se diferencia de la industrial porque es más suavecita y no pica al vaporizarla, sino queda brusca. Para una ruana hay mucho procedimiento: primero la hilada, segundo la lavada, después la torcida, después secarla, volverla a devanar, eso es un complique, es harto el trabajo la verdad, y por eso son más caras.” cuenta Blanca Camargo entre carcajadas que interrumpen la exposición de  la mercancía, producto de un arduo trabajo en la Tejeduría de Paipa en la vereda Caños, un sitio fundado en el año 2003 por varias mujeres de la vereda que conservan la tradición de la lana.

Mientras enhebraba la lana ya hilada en el telar Marcela Avendaño, muy espontánea lanza esta frase. “La ruana es para arropar el colchón y también es la prenda que diferencia al campesino boyacense”, contempla el escenario y canta este estribillo del carranguero Jorge Velosa  “…Por corona tengo la cara del sol, y por capa una ruana sin cardar,  es mi cetro el cavo de mi azadón, es mi trono una piedra de amolar…” Para Marcela el campo es su todo y en él siente como dice en la canción. 

Al pasar el tiempo, las nuevas generaciones han dejado a un lado el antiguo oficio de hilar lana y como comenta Blanca Camargo “esto debería ser como tradición que las jóvenes y los jóvenes de ahora quisieran este trabajo, pero no, no les llama la atención porque ellos quieren es estudiar otras cosas más adelantadas, ya no quieren coger un huso, ya no quieren cabillar una ruana, no lo quieren hacer. Yo creo que con el tiempo esto se irá a acabar, la tradición de la lana; ya  a los jóvenes eso no les gusta, les llama la atención por un trisito coger un huso y dicen, venga a ver si esto es fácil, pero de ahí a dedicarse a este trabajo yo creo que no”.

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Sin embargo, pocos pero las hay, jóvenes que continúan con el ejercicio de hilar, preservando lo que desde sus raíces se ha enseñado y es por eso que Lucia Suarez, oriunda de Sativa Sur, a sus 18 años conserva la tradición de su familia “Mi abuelita le enseñó a mi mami desde que estaba pequeñita, entonces mi mami  también me enseñó cuando yo estaba pequeñita, me enseñó a hilar y pues allá donde vivimos se realiza un concurso de hilanderas y yo desde que tenía cuatro añitos he participado en el concurso, me parece muy chévere porque soy una de las pocas muchachas de allá que hace eso, no me da pena hacer eso. Yo recuerdo la primera vez que participé en el concurso de hilanderas allá, yo estaba muy pequeñita y pues por lo pequeña a mí me daba pena ir porque uno decía -hay la gente ¿qué dirá? y pues mi mamá – ¡No! Va o va. Y me acuerdo de un retorcijón que pues me ha hecho ganar mucho y pues adquirir más conocimientos y por esa razón no me da pena hacer estas cosas, o sea presentarme frente a un público, gracias a ese retorcijón pequeñito”.

Yuleidi, hermana de Lucía, también ha heredado el gusto por el oficio. “Yo recuerdo una vez hace como cinco años, allá en mi pueblo participando en el concurso,  fui a empezar a torcer la hebra y se me reventó, se me cayó el uso y el tortero, o sea salieron rodando y yo detrás tratando de recogerlos”, Yuleidi se sonroja, pero le pueden más las ganar de soltar la risa.

Cuando se toma la lana enrollada en la mano izquierda, pareciera un copo de algodón amorfo, y a medida que va pasando al uso que cuelga de la primera hebra definida y que se sostiene a la vez en la mano derecha del hilandero, esa hebra se dispone a bailar, entre más giros da, el ovillo va tomando forma, con los dedos índice y pulgar de la mano derecha, empieza la travesía de hilar, casi de inmediato se comprende la complejidad de este arte; en manos expertas se ve sencillo, pues cuando se hila, los dedos son los que le dan el impulso a la madeja para girar, he allí la complejidad. La falta de experiencia no deja que se coordine el escudriñar la lana con el hilar, esto repercute en que el huso  detenga su baile y   “vuelve y empieza”.  Después de tantos intentos, como en todo oficio, ya se adquiere la práctica, aparece otro dilema la manera burda como queda la lana, sin tocar la madeja que se va formando en el huso se aprecia con turupes.

“Hay lana que sirve, pero no para todo, porque hay una que sale como con pelo y entonces pica mucho y eso queda muy burdo, queda muy feo, entonces mejor no, y esa se usa para tapetes, o de pronto para babuchas, o sea hay productos que no se pueden elaborar con cierta lana” Explica Marcela Avendaño.

Sin embargo, esto no ha impedido que los productos derivados de la lana, se muestren al público y una de las formas como se exhiben las ruanas, tapetes, babuchas y demás, es el conocido Concurso de la Ruana y el Pañolón. Un evento que convoca a todas hilanderas desde las veredas más lejanas del municipio, y como lo cuenta María Eugenia Rodríguez propietaria de la Fábrica de Tejidos Paipa, “todos los años lo hacen. Yo a veces salgo o a veces no. Ahí sí salen las hilanderas a hilar la lana, sacan las ovejitas a desfilar y nosotros sacamos los productos al parque a exhibirlos y también hay una pasarela con unas modelos. A la mejor hilandera, la que tenga la lana más parejita le dan un premio, y a la ovejita que mejor vaya vestida, también le dan un premio”.

Lucía Suarez, narra luego de participar en el concurso de hilanderas, “hace como cuatro años venimos participando con la invitación del alcalde y por conservar las tradiciones, porque pues mi mamá es amante de las obras con lana y desde hace mucho tiempo está interesada en venir, por eso acá estamos”.

“El concurso de hilanderas que se realizó el domingo pasado en Paipa fue un bello testimonio de la conservación de algunas tradiciones boyacenses. Setenta y cinco mujeres campesinas de diferentes edades, niñas, jóvenes y ancianas y algunos hombres dieron muestra de una habilidad sorprendente en el oficio de transformar la lana, en una de las labores más antiguas de Boyacá”, (Tomado de El Tiempo, miércoles 01 de octubre de 1990).

El último fin de semana del mes de abril de este año 2016 se desarrolló en el parque Jaime Rook de Paipa la versión número XVIII del Festival Nacional de la Ruana y el pañolón desde su primera versión hasta esta, la más reciente,se conservan en la programación eventos como el ruana fashion, el desfile de la oveja y el concurso de hilanderas, el festival es el motivo para que propios y turistas aplaudan la creatividad de quienes elaboran las prendas y posicionan la ruana y su elaboración como un elemento importante de la idiosincrasia boyacense.

Aunque que la ruana

Que para algunos es vergüenza,

Solamente en Boyacá

Es orgullo de mi tierra

 

Bajo ella cargué mis libros

Si estaba cayendo el agua

en la escuela fue el juguete

para jugar a las cambas

sobre ella me arrodillé

Cuando pequeño en la iglesia oraba…

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Por: 

  • Angie Liliana Zambrano Gil 
  • Gina Viviana Zambrano Gil 
  • Cristian Blanco 
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