Una tarde en la Barbería: el retrato de una tradición Colonial

Fecha de Publicación
Junio 17 de 2024
Categorías:
Comunicación Social
Etiquetas:
Desde el barrio
Una tarde en la Barbería: el retrato de una tradición Colonial

En una esquina soleada del barrio Los Muiscas, en Tunja, Boyacá, se encuentra una barbería nueva pero con un encanto atemporal... (Imagen: Andrés Felipe Torres).

El lugar es un refugio del bullicio exterior y un espacio donde el tiempo parece haberse detenido. Mientras espero mi turno, observo cómo Frank trabaja con esmero y precisión en la cabeza de un cliente, con movimientos que revelan una pasión fresca por su oficio.

Una tarde en la Barbería: el retrato de una tradición Colonial

 
Por: Andrés Felipe Torres, estudiante de Comunicación Social, UdB.

En una esquina soleada del barrio Los Muiscas, en Tunja, Boyacá, se encuentra una barbería nueva pero con un encanto atemporal. El arte imperial de cortar el cabello y un espejo que, aunque nuevo, ya comienza a retratar historias, en donde todas indican un futuro prometedor. Aquí es donde conocí a Frank, un barbero de 30 años oriundo de Barranquilla, quien llegó a Tunja con la intención de emprender en lo que más le apasionaba: una barbería que se convirtiera en el corazón de la comunidad del barrio Los Muiscas.


Eligiendo el sitio correcto

El olor característico del talco se siente levemente cuando entro. Frank, un hombre joven con una sonrisa cálida y una energía contagiosa, me recibe con un amigable saludo. “Adelante, mi hermano, siéntete como en casa mi bro”, dice mientras me invita a sentarme en una de las relucientes sillas de la sala de espera. El lugar es un refugio del bullicio exterior y un espacio donde el tiempo parece haberse detenido. Mientras espero mi turno, observo cómo Frank trabaja con esmero y precisión en la cabeza de un cliente, con movimientos que revelan una pasión fresca por su oficio.


El Arte del Afeitado

Cuando finalmente es mi turno, me siento en la silla y Frank coloca una toalla caliente sobre mi rostro. “Esto abre los poros y suaviza la barba”, comenta. La calidez de la toalla es relajante y por un momento, todos los pensamientos se disipan. Frank comienza su ritual: aplica una generosa cantidad de crema de afeitar con una brocha como las que se utilizaban al inicio en este arte, luego encañona una minora dentro de su barbera y comienza el show...

Con la navaja en mano, se inclina y empieza el proceso de afeitado. “Cada barba cuenta una historia”, me dice, “y cada rostro es un lienzo”. Sus movimientos son seguros y constantes, cada pasada de la navaja es meticulosa y precisa. Me siento en las manos de un joven maestro, alguien que ha traído consigo las tradiciones caribeñas a las montañas de Boyacá.


Una charla que conduce hacia la reflexión

Durante el afeitado, la conversación fluye de manera natural. Frank me cuenta su historia, de cómo dejó Barranquilla para buscar nuevas oportunidades y cómo la barbería ha sido su sueño desde joven. “Aquí, en esta silla, quiero que se sienten abuelos, padres e hijos. Quiero que la barbería sea un lugar de encuentro, de confidencias”, afirma. Habla con entusiasmo de los tiempos que imagina, en que la barbería estará llena de clientes esperando su turno, discutiendo de fútbol, política y vida en general. “El barbero no solo corta el cabello; también escucha, aconseja y comparte”.

 

Un Espacio para la Comunidad

Mientras termino mi afeitado, un grupo de jóvenes entra a la barbería. Saludan a Frank con familiaridad y se sientan a esperar su turno, llenando el espacio de risas y conversaciones animadas. Es evidente que para ellos, la barbería no es solo un lugar para cortarse el cabello, sino un espacio de camaradería y comunidad.

Frank, con una sonrisa, les ofrece una bebida y participa en las bromas, mientras los clientes se acomodan en el sofá a jugar una partida de x-box: “Es importante crear un lugar como este. No es solo una barbería, es parte de nuestra cultura”, me dice. Y es cierto, en este pequeño establecimiento se empieza a sentir la fraternidad comunal.

 

Un adiós o hasta que la barba lo permita...

Cuando me levanto de la silla, con la piel suave, me doy cuenta de que he experimentado mucho más que un simple afeitado. He sido testigo del inicio de una tradición que se sigue forjando gracias a personas como Frank, que valoran y preservan el arte del barbero, mientras inyectan nueva vida y energía.

Cuando me despido, Frank me ofrece un apretón de manos firme, junto a un abrazo y una sonrisa genuina. “Regresa cuando quieras, mi vale. Esta siempre será tu casa”, dice. Salgo de la barbería con una nueva apreciación por el oficio y la certeza de que, en un mundo en constante cambio, hay lugares donde el tiempo se detiene para permitirnos recordar quiénes somos y de dónde venimos. La barbería de Frank es uno de esos lugares, un refugio de humanidad y tradición en medio del caos de la vida moderna.

 

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